SANTO DOMINGO WEB
BIENVENIDOS A LA PAGINA WEB DE LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO DE GUZMAN, CAPITAL DE LA REPUBLICA DOMINICANA PRIMADA DE AMERICAPalo, güira, tambora y acordeon:
transmisores de una historia sin fin
Aunque no se conserva una lIrica que permita ejecutar bailes taInos, los esclavos negros pudieron disfrazar sus intenciones y unir sus expresiones culturales a las festividades de los blancos... De sus patrones tomaban el vestido para danzar hasta el amanecer.
Dilenia Cruz
El folklore dominicano es uno de los más ricos en tradiciones, especialmente en cuanto a ritmos se refiere, y muestra de ello es que en todo el territorio hay una variedad que supera los 60 bailes.
Los ritmos más populares, que se bailan en toda la geografía de esta media isla, son el merengue y los palos. El primero es una combinación de la danza y los instrumentos españoles con los ritmos africanos, y el segundo tiene más de 200 variantes, tanto para bailarlo y tocarlo con diferentes nombres y objetivos, entre ellos de sanación.
Del merengue y los palos se derivan decenas de bailes, muchos, incluso, sin mucha difusión todavía, y otros ya conocidos pero que hasta el momento no tienen coreografía de exhibición, y tal como nos reveló el experto en danza folklórica José Castillo: "Se estudian sus orígenes y simbolismos".
HISTORIA. Los bailes llegaron con los colonizadores y los esclavos; cada uno tenía el suyo propio pero empezaron a mezclarse como las razas... ¡Nuestros bailes también son mestizos!
A los negros esclavos les estaba prohíbido danzar, durante la época de la colonia, al igual que las tradiciones mágico religiosas, por el código canónico; sin embargo, los esclavos, para poderlos llevar a cabo, los ligaron a las fechas religiosas de los blancos.
Es así como hasta en la actualidad bailar ciertos ritmos se entrelaza con las fechas religiosas. Por ejemplo, los palos se tocan previo a las festividades de Nuestra Señora de La Altagracia, la noche del 20 de enero la fiesta es hasta el amanecer.
Dentro del folklore nuestro no hay música taína, pues no se conservan muestras que puedan ayudar a construir una coreografía y una lírica.
PUEBLOS Y BAILES. Las diferentes regiones y pueblos del país tienen sus bailes típicos con simbologías propias.
Algunos son de ocasión, como el carabiné, el merengue y los vals. Llamados de propiciación, su objetivo es conseguir favores de los espíritus, tal como el quijombo, que se baila en Neyba en tiempo de sequía.
Para las cosas perdidas está el baile de San González, para su ejecución un grupo se reúne en torno a una fogata y cantan: "San González, te pongo un baile, San González pa´que lo bailes, San González pa´que lo halles, ...".
Para fines de curación, un servidor de misterios interpreta un personaje de la religiosidad popular, y baila para ayudar a liberar tristezas y depresiones.
El baile que representa a San Pedro de Macorís es momis o guloya, el cual se ha difundido masivamente, a merced de un vídeo realizado por Juan Luis Guerra con el tema "A pedir su mano", así como en anuncios publicitarios.
Dentro de los mágico-religiosos está el pri-pri, el balsié echao, que se baila en Villa Mella, Boyá, la Caleta y Boca Chica, previo al día del Espíritu Santo; el baile de la Gera es el que se ejecuta en San José de los Llanos, cada 19 de marzo.
El gagá que se baila en nuestro país está vinculado a la caña y otro a los espíritus. Durante las fiestas de gagá, que se realizan los viernes santos, dos grupos devotos de diferentes santos suelen evitarse ya que si se encuentran hay pleito. Cada grupo porta una bandera roja y blanca.
Indefolk: gira mágica y misteriosa por
el país de diablos y papeluses
CECILIA CASAMAJOR
cecilia.h@codetel.net.do
En La Vega se desarrolla una fuerte tradición de artesanos diseñadores y hacedores de máscaras llamados careteros.
En 1977 se creó en Santo Domingo el Instituto Dominicano de Folklore, INDEFOLK, dirigido desde entonces por el sociólogo Dagoberto Tejeda, la institución está situada en la llamada Avenida del Puerto, frente al río Ozama y en estrecha vecindad con la monstruosa e insoportable planta generadora de electricidad y de contaminación auditiva.
Acompañando a un grupo de estudiantes de cuarto grado de nuestra clase de arte, realizamos hace dos semanas una visita a sus instalaciones, centrando nuestro interés en la sala dedicada al carnaval dominicano. En ella nos recibió el antropólogo Julio Encarnación, quien nos guió mediante una clase magistral a través de una amplia colección de trajes y máscaras carnestoléndicos.
Organizada por regiones, esta se fue desplegando ante nuestros ojos a través de una gran diversidad de atuendos, con cuyas formas y colores nos fuimos familiarizando poco a poco y a medida que nuestro cicerone nos daba informaciones precisas y detalladas de sus particularidades y simbologías, al tiempo que contextualizaba en tiempo, espacio, ecología y hasta economía, el hecho mismo del carnaval dominicano: fiesta ritual y pagana, difundida desde el continente europeo y sazonada fuertemente por elementos africanos aportados por los esclavos, hace ya quinientos años.
Niños y adultos allí presentes aprendimos, por ejemplo, a diferenciar entre los diversos tipos de diablo que pululan sobre territorio quisqueyano durante las festividades de febrero. Vimos cómo veganos y capitaleños se adornan los vestidos con colores simbólicos ligados al panteón africano. Para distinguirlos, hace falta tan sólo observar sus máscaras: mientras que los cibaeños tienen un solo par de cuernos, los capitalinos poseen varios. En La Vega se desarrolla una fuerte tradición de artesanos diseñadores y hacedores de máscaras llamados careteros. Felipe Abreu, el veterano, es quien conserva más puros los rasgos medievales de Mefistófeles. En las piezas de Bule, en cambio, el diablo se orientaliza y su cabeza aparece coronada por un tocado digno de algún marajá de oriente. Cayoya, por su parte le retuerce los cuernos para darle dramatismo. El actual esplendor del carnaval vegano tiene sólo un siglo. En el pasado, los ricos habitantes de esa región asistían directamente a los festejos europeos. Las graves crisis financieras hicieron que se perdiera esa costumbre y que los notables se quedaran en casa, generándose así su inserción en un espacio popular que no frecuentaban hasta entonces. De esta circunstancia se desprenden dos consecuencias principales: el surgimieto de una expresión carnavalesca fastuosa y la paulatina automarginación de las capas populares de los festejos, ante la posibilidad de competir con galas de un costo inalcanzable.
En Santiago, por su parte, el diablo se transforma en "pepino" de nariz prominente y cuernos lisos, o en "joyero" de cachos erizados, ambos, enemigos irreconciliables. Los conflictos entre los dos grupos de enmascarados se resuelven con la presencia en el desfile de los pacíficos habitantes de Pueblo Nuevo, quienes, en su afán de aplacar los ánimos caldeados que generan las rivalidades, llenan sus cuernos de puyas invertidas que pueden simular margaritas.
Pero uno de los capítulos más emotivos de este desfile de ingenio y colorido lo constituye el de los "papeluses" de Cotuí. Antiguamente denominados "platanuses", sus trajes sencillos, de sabor rústico y aspecto terroso, era confeccionado de hojas de plátano, abundantes en una, por entonces, comunidad eminentemente rural. Las máscaras eran también el colmo del ingenio: higüeros cubiertos de panal de comején triturado y adherido con clara de huevo como aglutinante. La presencia de la Rosario Dominicana, hizo que se abandonara la agricultura y que los disfraces se fueran confeccionando sucesivamente, con papel marrón de envolver, de periódico - abandonado a causa de su fragilidad - hasta llegar al crepé, demasiado caro. Finalmente se ha optado por reciclar las fundas de plástico de envolver, de mayor durabilidad.
"Para muestra, sólo basta un botón", rezaba el refrán que repetía siempre mi abuelita. El INDEFOLK alberga muchos otros tesoros de similares características, que se descubren, eso sí, sólo gracias al entusiasmo verborrágico y la entrega de Julio Encarnación.
Debemos destacar que la sala que alberga tan hermosa colección no cuenta, lamentablemente, con la adecuada preparación que demanda un espacio destinado a exhibir piezas de esas características. Las telas y el papel maché requieren de una cuidadosa conservación, especialmente en clima tropicales, donde son presa fácil de plagas silenciosas y fulminantes. Es imprescindible, por lo tanto, la instalación de por lo menos un aire acondicionado que ayude a frenar el seguro desarrollo de insectos dañinos que destruyan una parte esencial del patrimonio cultural exclusivo de los dominicanos. Pensamos que tal vez una de nuestras afamadas casas licoreras, que tanto dinero facturan durante estas fiestas populares en el país entero, podría devolver parte de sus ganacias con la generosa donación de un simple aparato de aire acondicionado a la sala del carnaval del INDEFOLK.
A pesar de la estrechez del espacio, podemos apreciar el rico panorama de máscaras y trajes carnavalescos locales
El entusiasmo y los conocimientos de nuesro guía, el antropólogo Julio Encarnación, hacen de la visita al INDEFOLK una experiencia dinámica y enriquecedora
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DISFRUTE DEL CARNAVAL SANTO DOMINGO 2000
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SANTO DOMINGO MAS DE MEDIO MILENIO DE HISTORIA, WEBMASTER RAFAEL BELLO
Víctor Villegas, Premio Nacional de Literatura 2000
Una cálida y tierna noche , la nacion asistio al merecido reconocimiento que la Fundación Corripio Inc., y la Secretaría de Estado de Educación y Cultura otorgaron al prominente esteta, el bardo de la ciudad del Higüamo, Macorís del Mar, Víctor Villegas, en un acto que concitó una buena representación de lo más granado de la intelectualidad dominicana.
Ese regio acontecimiento se celebró en el Teatro Nacional, previo concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección del Maestro Julio de Windt y como solista la virtuosa flautista Alaina González de Hernández, quienes interpretaron entre otros: La Opera ‘‘La Vida Breve’’ de Manuel de Falla, el Concierto No. 1 en sol mayor para flauta y orquesta de Mozart y un clásico merengue ‘‘Caña Brava’’ de la auditoría de Toño Abreu y arreglos de Jorge Taveras.
Al son de esos celestiales acordes musicales, se reconoció la musa que inspira a Villegas y a todos los que como él tienen una excepcional sensibilidad para captar la huidiza belleza poética y plasmarla en versos, sonetos y madrigales.
La disertación grandilocuente del pasado Premio Nacional de Literatura, Lupo Hernández Rueda, y la presentación no menos conspicua de José Alcántara Almánzar, le dieron el sello o la impronta clasicista a dicho reconocimiento y, por qué no, las palabras del galardonado, impregnadas de amor a sus orígenes, a su esencia provinciana, al sincrético híbrido cultural de su Macorís, al que canta a su gente humilde, a los indigentes y descamisados; a lo que Lupo se refirió como su característica cuasi exclusiva entre los miembros de la Generación del 48; su canto a los niños famélicos, a las mujeres abandonadas y maltratadas por gobiernos, patrones y maridos, todo lo que constituye el corpus poético de la obra ‘‘villegasiana’’.
El maestro de la poesía y la palabra, que es Víctor Villegas encarnó el ganador físico del excelso lauro, pero el verdadero reconocimiento es a su pueblo y su país, pues como él dijo en sus palabras ‘‘Este galardón es un reto para mí y me compromete a seguir trabajando por una poesía más depurada y representativa de la cotidianidad, los avatares y el sufrimiento del ser humano que son en esencia los protagonistas de mis versos y prosa’’. Su poesía no es elitista, clasista ni excluyente sino que traduce igualdad de oportunidades al tomar en cuenta a todos los estratos y sectores de nuestra sociedad, esa versatilidad de la dominicanidad como nuestra propia identidad de pueblo sufrido pero liberado. Su producción poético-literaria huele a trapiche, caña, sudor y tambor de guloya, a mujer, sexo y todo lo que representa la ‘‘petromacorisanía’’.
Entre sus obras destacan: ‘‘Diálogos con Simeón, (1977)’’, ‘‘Charlotte Amalie, (1980)’’, ‘‘Juan Criollo y otras antielegías, (1982)’’, ‘‘Pedro René Contín Aybar, sección y prólogo de su poesía, (1984)’’, ‘‘Botella en el Mar (1984)’’, ‘‘Cosmos, (1986)’’, ‘‘Poco tiempo después, (1991)’’, donde el poeta se encierra en sí mismo, transfiriendo sus auscultaciones poéticas al propio yo, cito: ‘‘Sólo te habito cuando duermo’’ refiriéndose a su cuerpo, estableciendo una bipolaridad entre la realidad y la ficción. ‘‘La Luz en el Regreso, (antología 1993), ‘‘Antonio Fernández Spencer, poeta y humanista, (1995)’’.
En ocasiones, las autoridades competentes no realizan su función a carta cabal lo que lamentablemente genera descuido y mal manejo de todos los documentos que revelan la historia de esta nación. En la actualidad contamos con una institución como el Centro de Inventario de Bienes Culturales (CIBC), organismo dependiente de la oficina de Patrimonio Cultural, encargada de velar por el patrimonio cultural.
La entidad constituye la fuente de información de cultura más grande de nuestro país, la cual pone a disposición de los usuarios tanto nacionales como extranjeros sus diferentes servicios.
Fue fundado el 6 de septiembre de 1976, bajo la dependencia de la Secretaría de Educación, Bellas Artes y Cultos, pasando luego en 1980 a depender de Patrimonio Cultural. Para conocer sobre su función entrevistamos a la licenciada Nerva Fondeur, coordinadora del organismo.
Una de las principales funciones de esta entidad es contar con un registro nacional de bienes culturales que forma parte de las riquezas artísticas e históricas de nuestro país, la cual está legalmente constituida. "Es importante destacar que nuestra función traspasa las fronteras de lo que es ciudad colonial, ya que trabajamos a nivel nacional", resaltó Fondeur.
El CIBC contiene en sus archivos las informaciones de cultura dominicana más importantes del país, tanto de los bienes naturales como culturales.
También tiene como función organizar y realizar el inventario de los bienes culturales; asesorar los organismos culturales gubernamentales y privados en la realización de sus respectivos inventarios; apoyar la acción y el estudio que con relación a los bienes culturales realizan las instituciones culturales y educativas y sobre todo se encarga de concientizar a la comunidad sobre el valor de preservar los bienes culturales.
Nerva Fondeur expresó que el Centro de Inventario de Bienes Culturales tiene como usuarios a estudiantes de diferentes niveles, investigadores privados, empleados y todas las dependencias de la Oficina de Patrimonio Cultural.
El CIBC cuenta con una biblioteca especializada con un fondo documental formado por más de un millón de artículos de prensa, libros, hemeroteca, fototeca, negamoteca, diapoteca, videoteca y otros documentos de vital importancia para la investigación del patrimonio cultural dominicano.
La institución posee información sobre las áreas de antropología, administración, arquitectura, historia y ciencias afines, religión, turismo, política cultural, urbanismo, ecología, etnología, folclor, documentación, arte, legislación, inventario y gestión de colecciones, entre otras.
La coordinadora del centro dijo que las riquezas que tiene nuestro patrimonio en relación con la colección de los bienes
inmuebles es grande, la cual no cuenta con un sistema de seguridad para su protección.
RECURSOS QUE NECESITAN
Los recursos económicos, son fundamentales para que el centro pueda ofrecer una eficiente labor a favor del desarrollo de la cultura. "Estamos tratando de conseguir la iniciativa privada para que colabore con el Estado en la conservación del patrimonio" resaltó Nerva Fondeur.
También necesitan teléfonos, internet, cámara digital, copiadora a color, programas de computadoras especializados, libros, documentación gráfica y audiovisual sobre arte, arquitectura e historia.
Además el CIBC necesita de un vehículo para poder transportarse a los diferentes puntos del país, para realizar los trabajos de los cuales se encarga. Piden la colaboración de la sociedad, quienes pueden donar archivos, Sistema de seguridad, sillas y mesas para la biblioteca, estanterías, archivos para planos, computadoras scaner y de alta capacidad, entre otras.
Nerva Fondeur agradece las colaboraciones que realizan a esa entidad las instituciones: Falcombrige dominicana, Banco Popular y Shell, las cuales de una forma u otra han cooperado con su desarrollo. También agradece la colaboración del coleccionista de nacionalidad alemana Peter Beuse, quien donó la colección más valiosa de todos los centros históricos del país, tanto en forma visual como informativa.
El algodón de azúcar en las
tardes de Santo Domingo
Miguel D. Mena
cielonaranja@hotmail.com
Una evocación de los sitios por donde anduvieron los ojos y los pies adolescentes.
BERLIN, Alemania.- Moviéndose, movido, subiendo y bajando estaba el caballito de madera.
Que estáte tranquila, que ahora te tomo y ya no tendrás que estarte rayando por cualquier quítameestapaja.
Subiéndose, subida, la niña se movía y se movía. Los otros, como más grandes, podían saber que Güibia era una playa y no sólo una heladería.
El cielo de Santo Domingo estaba tan despejado de azules y blancos como un bizcocho derretido a la espera de que todos entrasen a la fiesta. Todos corrían.
El mono, en su jaula, no pudiendo pescar sus obligatorios guineos, seguía aún moviéndose en los pliegues de los manteles, la sábanas, en noches de insomnios. Había ahí tigres afelpados, elefantes que sólo comían maní, el despiste de algún chiquitico que nunca había visto nada de nada, ni siquiera en paquitos.
Las mesas eran como parques inmensos. Entrar al Estado Quisqueya era como sentir que algo se despegaba del otro mundo. Correr por las sombras de las palmas del malecón era como ahogarse en algún mare ignotum. Frescas que eran las almendras, pero aún más los helados de almendras.
Ante los olores a gasolina, de los insectos aprisionados, achicharrados en las frentes de los autos, no se podía menos que estarse bien quietecito. Es más, ni hablar.
Agua tan tibia como la de Boca Chica tampoco había. Del otro lado venían monos inmensos en La Matica, bosques como para que algún Tarzán cayera sin romperse la cresta.
Al llover las cunetas se convertían en lagos. Se tenía que correr para alcanzar a los barquitos, ¿a los caballitos?, ¿a los calamares? de papel, antes de que llegaran a la zona en que todo se destrozaba.
Las calles mostraban sus luces al caer y caer los aguaceros. No sólo la madera se ponía tan gris, rugosa, engordaba tanto, como para que la puerta sólo pudiese abrir a puras maldiciones, regaños, patadas. Naturalmente se tomaba alguna sopa de fideos, entre de lenguas pronto silenciados por el hallazgo de algún pedazo de carne o de hueso.
Cuando todo quedaba tan mojado la tierra sacaba de sus entrañas sus mejores perfumes. Ni las hormigas podían, con sus hileras y sus punzones, detener las marchas por esos empegotados bosques. Fresca que era la tierra, el jardín, la huerta escondida tras algún viejito al fondo de la tarde.
Salpicaba, salpicándonos, la lluvia era como la confirmación de que a cierto encogimiento teníamos que volver. Todo debía ser como más piano. Empañada la vista -en realidad eran los espejuelos los que se empañaban- al fin los ojos se descubrían hacia el cielo, la tarde. Como las nubes volaban rapidísimas y el temor de caer en alguna zanja era constante, nunca supimos como empalmar ese rompecabezas de lo alto y lo bajo. Juntar al cielo y la tierra era como ir de la tierra al cielo. Algo le faltaba a esa relojería. Cuando una vez intentamos desarmar esa maquinaria, cuenta que nos dimos de que las piezas sobrantes eran más que las que habíamos desarmado en principio. Nunca supimos nada. Todo se quedó en algún rincón. No nos dimos cuenta del número.
De las estaciones, mucho menos. El tiempo era la misma línea. Sólo las mariposas en el día de San Juan nos revelaban la manera en que nuestra media Isla se ladeaba.
Pesadilla de Santo Domingo: todos sus habitantes se entroncaban en el malecón, y de tremendo brinco, la Isla se volveteaba. Sueño peor de todos: el hoy en el patio era tan grande que llegábamos a Pekín. ¿Motivo de temor, de espanto? Nunca lo supimos. Tal vez pudiésemos tener más ofertas de bizcochos en las esquinas del barrio con un chino bajo cada letrero.
Ante lo despacioso con que las nubes se escabullían al sur, nos poníamos bien rápidos. Algo había que alcanzar en la calle, en el barrio próximo.
Majestuosas que eran las calles de la ciudad. Las de Santiago eran tan limpias. Sus panaderías -como las de San José de Ocoa-, quedaron en el mejor rincón de la memoria. Viajo hacia esas vitrinas. Estoy viajando. La piel se va encogiendo. Se respira tan entrecruzadamente, como si tras cada pulsación pulmonar tuviera que removerse uno de esos olores, filtrarse, enfilarse.
Se viaja. Se está poniendo barcos en el agua.
La piedras que fueron lanzadas al laguito de la Plaza de la Cultura vuelven a flotar.
Un día alcanzamos a tragar todo un algodón de azúcar en cuestión de minutos. Así acabó la Edad de Oro.
Las mesas eran como parques inmensos. Entrar al Estado Quisqueya era como sentir que algo se despegaba del otro mundo
Majestuosas que eran las calles de la ciudad. Las de Santiago eran tan limpias. Sus panaderías -como las de San José de Ocoa-, quedaron en el mejor rincón de la memoria. Viajo hacia esas vitrinas. Estoy viajando. La piel se va encogiendo.
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